Filosofía del hotel y curiosidades
Cuando era chico, mis primeros contactos con las cosas empezaron. Obviamente, lo de los viajes también. Solía hacerlo con mi madre y mis hermanos. Aunque muy irregularmente. Nos aventurábamos a visitar a nuestro Cristian, el mayor, quien moraba en la alta selva del Perú. También caminábamos por los fríos caminos de Ayacucho y comíamos tunas en sus viejos huertos. El turismo puede ser simple y, a la vez, complejo. Lo más importante es la actitud. De viajero. De respeto. De ser humano que va a un lugar a ver cómo vive otro ser humano. De aprender.
Con mis incipientes experiencias turísticas empezaron también mis primitivas visitas a hoteles. Cómo olvidar aquel primer recinto que nos recibe. Cómo despojar de nuestras memorias los arribos felices a sus habitaciones tras tardes de aventuras. De alguna forma, un hospedaje representa una casa temporal. En él depositamos nuestras exigentes expectativas de confort y diversión. En él nos protegemos en un lugar desconocido y ajeno a nuestro conocimiento previo. Pero la verdad es que en mi infancia hubo pocos hoteles. En su reemplazo, estuvieron las viviendas.
Algunos livianos hogares (familiares) nos albergaban a mí y a mis hermanos. También a mi madre, don del cielo. Los periplos en la niñez tienen especial importancia, pues están enmarcados en un escenario inexperimentado, inocente y ansioso de descubrimientos. De la misma forma con que el novelista checo Milan Kundera alza la hipótesis de que todos tenemos una casa primigenia dentro de nosotros, atisbo yo la suposición de que todos poseemos en nuestro fuero interno los vívidos recuerdos de nuestras primeras vacaciones o excursiones fuera de casa.
Tras este epítome de reflexiones, cuya posibilidad de existencia agradezco gentilmente, paso a contar algunas de las curiosidades más curiosamente curiosas (valga la triple redundancia) sobre ciertos monumentos que dicen ser hoteles. Así, cómo explicar la excentricidad del Burj al-Arab, en Dubai (Emiratos Árabes Unidos) y sus 321 metros de altura. El título de ser el más cercano a las nubes y autoproclamarse siete estrellas de calidad, se entremezcla con sus vanguardistas formas arquitectónicas. Es un verdadero lujo. No en vano está en el mismo mar, sobre una isla artificial que su construcción demandó. Vaya.
Otra perla es el Ambassador City Jomtien, en Tailandia. Tiene la peculiar gracia de ser el complejo hotelero más grande del mundo, con 5100 habitaciones. A pesar de que su número de ambientes no ha sido comprobado independientemente, permite una estadía exquisita y digna de las más altas celebraciones. Además, parece que no le afecta el anuncio del First World Hotel (Malasia) de ampliar sus 3000 cuartos en 6300 piezas. Cosa de colosos. Para terminar, la pequeña lista maravillosa la completa el hotel más antiguo del planeta.
Hoshi Ryokan (Japón) fue inaugurado 717 años antes del nacimiento de Jesucristo. Su reconocimiento en el Libro de Récord Guinness lo centró en la atención de todo el mundo. Ahora son miles quienes lo visitan anualmente. Dejó de ser el medio para ser el fin. Como ve, viajar es una actividad que acarrea conceptos personales y muy íntimos. El lugar donde se hospeda determina la actitud que mantiene frente a la zona que visita. Permítase una honda reflexión y rememore aquellas alegrías del pasado y su presente maravilloso. Posible para darse una vuelta por el mundo y recorrer sus avenidas. Todo empieza en la mente.
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